Una sesión conmigo empieza por la comunicación. Antes de cualquier práctica necesito entender qué es bienvenido, qué genera todavía respeto y qué está en zona prohibida. Cuando se comprende la mente se puede jugar con ella — el cuerpo se deja. Sin ese conocimiento previo es difícil acertar, porque cada persona es compleja y lo estándar no funciona en este tipo de dinámicas.
Tras una exploración exhaustiva de los recovecos del cerebro, las sesiones cobran sentido. La mezcla de dominación psicológica con la corporal se vuelve deliciosa.
Las sesiones comienzan con un correo detallado donde constan la experiencia, los gustos, los límites y el tipo de aftercare que necesita cada persona. Tras leerlo decido si acepto la sesión — y si es así, preparo el escenario, el atrezzo y la narrativa.