He tenido que escribir esto porque las preguntas llegan con regularidad. Personas que preguntan si pueden llegar a una sesión después de beber. Si la marihuana «relaja» y por lo tanto es segura. Si una pequeña cantidad de algo «no hará daño».

Mi respuesta es siempre la misma: no.

Y no es porque sea puritana. No es porque juzgue qué haga alguien en su vida privada. Es porque he visto lo que sucede cuando la claridad desaparece en un espacio donde la claridad es la diferencia entre una experiencia transformadora y un trauma.

Lo Que el BDSM Realmente Requiere

El BDSM se construye sobre una cosa fundamental: el consentimiento informado. Pero eso no significa solo «dijiste que sí». Significa que estás presente. Que entiendes completamente qué está sucediendo. Que tienes acceso total a tu capacidad de decir no, de parar, de cambiar de opinión.

Ambas partes negociamos términos antes. Prácticas. Límites. Palabras de seguridad. Límites blandos, límites duros, límites que no existen. Todo eso se convierte en un contrato invisible que ambos mantenemos presente durante la sesión.

Pero eso solo funciona si estamos aquí. Realmente aquí.

En el BDSM, especialmente en mi trabajo como Mistress, los tres niveles de control operan simultáneamente. Control físico—tu cuerpo responde a mis órdenes, a mis toques, a mi presencia. Control mental y emocional—leo qué necesitas antes de que lo sepas tú. Sé cuándo presionar y cuándo soltar. Control de la narrativa—construyo un mundo dentro de la sesión donde todo tiene sentido, donde la vulnerabilidad es segura porque yo estoy al mando.

Eso solo es posible si ambos estamos lúcidos. Si ambos estamos conscientes.

Cuando alguien llega alterado por sustancias, esos tres niveles se desmoronan. Mi capacidad de leer se ve comprometida. Tu capacidad de comunicarte se ve comprometida. La sesión se convierte en algo impredecible. Y en algo impredecible, el riesgo no es diversión. Es peligro real.

La Responsabilidad Que Llevo

Aquí está lo que muchas personas no entienden: yo soy responsable de ti en la sesión. No solo legalmente. Emocionalmente. Moralmente.

Si algo sale mal, no es «tu culpa por haber consumido». Es mi culpa por haberlo permitido.

Cuando llegas alterado y yo digo «está bien», estoy tomando una decisión activa de exponerte a riesgo. Estoy avalando que pierda el control de tus límites. Estoy validando que ignores tu palabra de seguridad si la necesitas. Estoy permitiendo que tomes decisiones sobre tu cuerpo que luego lamentarás.

Eso no es consentimiento. Eso es negligencia.

Y yo no hago eso.

He visto a personas que bebieron «un poco» descubrir después que fueron mucho más lejos de lo que jamás hubieran ido. He visto sumisos que fumaron antes de una sesión y no pudieron procesar emocionalmente lo que sucedió. He visto traumas que nacieron de «solo un poco» de alcohol.

No necesito experimentar eso personalmente para saber que no es algo que permitiré en mi espacio.

El Peligro del Consumo Oculto

Pero hay algo aún peor que alguien que llega borracho siendo honesto: alguien que oculta haber consumido.

Cuando detecto eso—y lo detecto—no hay negociación. La sesión termina. Punto.

¿Por qué es tan grave? Porque ocultar el consumo no es un error. Es una mentira deliberada. Es poner en riesgo a ambas partes sabiendo que hay riesgo. Es elegir tu capricho sobre mi seguridad y la tuya.

Eso es una traición a la confianza, que es literalmente el fundamento de todo esto.

Y cuando descubro que alguien ha actuado así, lo comunico. En mi red. En la comunidad. Porque alguien que puede mentir sobre algo tan crítico puede mentir sobre límites, sobre consentimiento, sobre si tienen enfermedades. Si pueden ocultar eso, ¿qué más están ocultando?

No es venganza. Es protección.

Lo Que Sucede en la Sesión Requiere Claridad Total

Déjame ser muy específica sobre esto: en mis sesiones hay prácticas que conllevan riesgo físico real.

Hay dolor. Hay privación sensorial. Hay dinámicas psicológicas intensas. Hay momentos donde necesito que estés completamente presente, porque una reacción retardada, un reflejo lento, una confusión sobre dónde estás, puede resultar en lesión.

Necesito saber que cuando digo una palabra, la entiendes. Cuando doy una orden, tienes la capacidad de seguirla. Cuando pongo una palma abierta en tu garganta, entiendes exactamente lo que sucede y tienes acceso total a tu palabra de seguridad.

El alcohol ralentiza todo eso. Las drogas distorsionan eso. La marihuana «relajante» significa que tal vez no reacciones a una señal de dolor genuino. El alcohol «desinhibidor» significa que tal vez digas «sí» a algo que en claridad nunca dirías.

Y luego, al día siguiente, despiertas con remordimientos. O con trauma. O con una sensación de que fue demasiado.

Esa responsabilidad no es mía cuando has elegido consumir. Es tuya. Pero yo elegí permitirlo. Y esa es la responsabilidad que no quiero llevar.

La Pregunta Real

Quiero que te hagas estas preguntas honestamente:

¿Realmente necesitas una sustancia para disfrutar del BDSM? ¿O es que te da permiso para algo que ya deseas pero de lo que tienes miedo?

Porque ahí está el corazón del asunto. Muchas personas usan sustancias como una forma de «desactivar» esa voz interna que dice «esto es raro», «esto es vergonzoso», «no debería desear esto». La sustancia se convierte en una excusa. «No fue mi decisión. Estaba borracho/a.»

Pero aquí está la verdad incómoda: si necesitas estar borracho para explorar tus deseos, tal vez no has hecho suficiente trabajo emocional. Tal vez no te has aceptado a ti mismo realmente.

Y eso no es algo que yo pueda arreglar con una sesión. Es algo que solo tú puedes resolver.

El BDSM que realmente transforma, que realmente te libera, requiere que mires directo a tu deseo. Sin amortiguador. Sin escape. Solo tú, tu verdad, y alguien que te ayude a navegar eso con seguridad.

Eso solo sucede en claridad total.

Lo Que Esto Significa Para Trabajar Conmigo

Es simple: si llegas a una sesión bajo los efectos de cualquier sustancia, se cancela. Si te presento así sabiendo que has consumido y eliges mentir, nunca volverás. Punto.

No es castigo. Es límite.

Porque mi espacio es sagrado. Es un lugar donde la vulnerabilidad es bienvenida. Donde tus deseos más profundos pueden ser explorados sin juzgamiento. Donde la transformación es posible.

Y eso solo funciona si ambos estamos completamente presentes.

Una Invitación a la Lucidez

Lo que quiero para ti—si vienes a mí, si exploras esto conmigo—es una experiencia real. No algo borroso que solo recuerdas a medias. No algo que necesitaste anestesiar para hacer. Una experiencia que te transforme porque la enfrentaste completamente consciente.

Eso requiere valor. Requiere que mires directamente a lo que deseas, sin distracciones, sin amortiguadores. Requiere que confíes en que estás seguro, que confíes en mí, que confíes en ti mismo.

Ese viaje, hecho completamente lúcido, es donde ocurre la magia real.

Así que mi postura no es puritana. No es represiva. Es lo opuesto.

Es la insistencia de que mereces una experiencia completa, consciente, transformadora. Y que yo solo facilitaré eso si ambos estamos aquí, realmente aquí, listos para la verdad.


El BDSM verdadero no necesita anestesia. Necesita presencia.